La editorial puntos suspensivos publica cuatro volúmenes de poesía transmasculina: La voz propia, de Nicolás Samuel Illuminati; Alejandro la boluda, de Alejandro Jedrzejewski; Cisma, de Neu, El desobediento de Julián Chacón, Animal de descarga de Gonzalo Duca, Desentierro de Mateo Diosque y amplía la colección. Esta fuerte apuesta por las escrituras poéticas de autores trans no tiene precedentes en nuestra lengua, y es sin dudas excepcional en cualquier otra lengua; es también, por supuesto, una apuesta por todas y cada una de sus lecturas posibles.
El trabajo de edición encarado por los editores ha reunido lo singular de las palabras de cada uno de los autores con el entramado colectivo que comparten -y que, en gran medida, compartimos, toda vez que sus textos dan cuenta del mismo mundo im/propio que las masculinidades trans habitamos. Esos textos son entonces tanto un registro de las fricciones entre nuestros cuerpos y el mundo como de las posibilidades que se cierran y se abren en cada vuelta de la fricción.
Cada uno de los poetas reunidos en estos textos desafía, de principio a fin, el borramiento de las masculinidades trans como mandato. Cada cual, a su manera, convierte la repetición de ese mandato en una oportunidad para desobedecerlo -más aún- para conjurar la aparición de ese nosotros tantas veces borrado; para lograr, por fin, que aparezca, que circule, que se instale, y que mute, que se multiplique hasta desbordar los límites del siempre lugar ausente que (supuestamente) nos toca.
Las palabras entretejidas al interior de cada poema, a lo largo de cada libro, y entre los libros entre sí, reconstruyen en su encuentro el cuerpo-a-cuerpo del paso de un lugar a otro, de un momento a otro, de una mirada a otra, de un modo de nombrar a otro, de un deseo a otro, a varios, a muchos, a un grado cero del deseo de todo al grado máximo del deseo de sí.