Jimena Maralda sabe que hay que darle lugar a aquello que nos duele. Así, en estos ensayos expone los acuerdos y desacuerdos entre su psique y su soma: el recuerdo que tiene de la aneurisma de su abuela, su obsesión por el cabello, su relación con las cicatrices y con la náusea. Los significados transitan del pensamiento al cuerpo, pero hacen también el camino de vuelta para ir más allá de las dicotomías habituales de lo sano y lo enfermo. La autora busca otras formas de nombrar esas experiencias, unas que hagan del tránsito por el dolor la manera en que intentamos curarnos. En su escritura hay una conciencia tan plena de ello que se piensa el mismo acto creativo como una práctica de cuidado: aquella que no busca sólo exponer las heridas, sino en su propia narración procurar reconocimiento y confianza.