La señorita Porcel lucha por su vida en un cajero automático. La mujer que quiso matarla la mira y cuenta lo que ve. El resentimiento es el motor de su historia. El dinero, el poder, la violencia, los códigos de clase y el mandato familiar son algunos de los temas de esta novela que recorre una Buenos Aires sumida en el clima inquietante de un país que pronto va a tomar la calle. La señorita Porcel es también la historia de una mujer que se descubre demasiado inteligente para ser de derecha y demasiado rica para ser de izquierda, de una mujer que logra resolver ese conflicto a un precio realmente exorbitante.
Esther Cross (Buenos Aires, 1 de enero de 1961) es una escritora argentina, con una obra extensa como novelista. Publicó también libros de cuentos e incursionó en el guión y la dirección documental de cine. Es traductora y Licenciada en Psicología. A lo largo de su carrera ha recibido algunos de los premios más destacados del campo de la cultura nacional e internacional.
Una mujer encierra a una anciana en la cabina de un cajero automático en llamas con el propósito de asesinarla. Se conocen. Han compartido casi toda su vida en un mundo pequeño y miserable. Ambas saben que se trata de un ambiente hipócrita y de un juego perverso. Una lo acepta y lo representa. La otra lo considera insoportable y está dispuesta a transgredir los límites de la prudencia y de la cordura para desnudarlo. Quiere venganza y le sobran los motivos. No tiene reparos morales, porque tenerlos implicaría aceptar las reglas que deplora. Es un asesinato endogámico. Víctima y victimario pertenecen a la misma tribu de la que son, al mismo tiempo, miembros e impostores. Sus propias mentiras se diluyen en un lugar donde nada es verdad. La agonía de una mujer internada en un sanatorio abre las puertas de un simulacro. La piedad es siempre sospechosa. La obsesión, los miedos y el secreto desfilan como personajes cuyas máscaras son también su verdadera cara.
En un segundo plano de la historia está el país de las deudas y las personas dispuestas a cobrarlas. Un extravagante grupo lo intenta vestido con frac y galera persiguiendo a una larga lista de morosos cuyos nombres están repletos de guiños al lector. El otro, son hordas de ciudadanos enfurecidos que lo hacen esgrimiendo ollas y sartenes que golpean por las calles de la ciudad. Coinciden durante algunos días en un reclamo común que los saca de la abulia de sus vidas de hogar. Se reúnen en manifestaciones ilusorias que ocultan sus insalvables diferencias mediante la farsa de una igualdad que nunca tuvieron. Todos quieren cobrar. Pero la señorita Porcel paga con la moneda de su propia y mentirosa vida.