¿A quién pertenece el cuerpo y el alma de un niño, de una niña?, ¿A quién corresponde su protección?,
¿Qué pasa cuando un niño o una niña es roto en pedazos y solo quedan jirones?
En esta historia, quedó un jirón de alma de un niño, que vibraba en las aguas profundas, pero que un día salió con fuerza a la superficie.
Sin ninguna otra intención más que la de observar ese espejo de agua, el autor entrega una narrativa magistral sobre el dolor y una aguda crítica sobre el desamparo familiar y social, que expone a niños y niñas a las manos ásperas del abuso sexual.
En este relato autobiográfico, aparecen a manera de cartas recuerdos, reflexiones, sueños, imágenes, confusiones y heridas. Con descripciones crudas y honestas, pero también con un estilo que raya en la lírica, Héctor Paniagua Robles nos ofrece una obra literaria en toda regla, aun sin saberlo, aun sin pretenderlo.
Y, en el trayecto, muestra el proceso de asimilación, de recomposición de esos pedazos de alma que son pedazos de niño, que lamentablemente no pertenecen a un solo niño, sino a muchos, y que son niños que merecen ser vistos y protegidos.