Vivimos mucho tiempo con heridas profundas, nos acostumbramos a ellas y en ocasiones hasta disfrutamos sentirlas. Nuestro matrimonio fue una batalla sangrienta librada en un terreno minado. Sigo sin entender como una ilusion tan bella, una relacion rosa y romantica como el noviazgo, puede llegar a transformarse en algo tan aberrante, iracundo y destructivo. Algo pasa al asumir el compromiso conyugal. No se si aflora nuestro verdadero yo con sus fobias, o las nuevas responsabilidades del hogar, con sus preocupaciones, miedos e incertidumbres van socavando los cimientos del matrimonio.
De forma gradual, el ideal de familia feliz, del principe azul, y el amor hasta que la muerte nos separe, se desvanece como un oasis creado por un espejismo.
Nos convertimos en asesinos, matamos nuetras ilusiones, desollamos los deseos y secuestramos nuestra bondad.